Esto no es un trámite burocrático más en Washington. Es una de esas movidas políticas que mezcla poder, fama, escándalo y respuestas bajo juramento. Bill y Hillary Clinton, dos de los nombres más grandes del Partido Demócrata en décadas, accedieron finalmente a sentarse ante el Congreso para hablar sobre su relación con Jeffrey Epstein, el financista convicto por abuso y tráfico sexual de menores. Los dos habían resistido comparecer personalmente ante el comité, lo que había derivado en amenazas de cargos por desacato. Las deposiciones no serán en el Capitolio, sino cerca de la casa de los Clinton en Chappaqua, Nueva York, en sesiones cerradas al público. Hillary se sentará primero el jueves 26 de febrero, seguida por Bill el viernes 27. ¿Por qué importa? Porque aunque Hillary no ha sido vinculada públicamente con mal manejo o actos criminales relacionados a Epstein, el peso mediático y político de su apellido hace que cada palabra bajo juramento cuente. Bill, por su parte, sí aparece en registros asociados a Epstein incluyendo interacciones documentadas años atrás, aunque él ha negado conocimiento de los crímenes del financista y dijo que los viajes en su avión se relacionaban con trabajo de su fundación. La investigación forma parte de un esfuerzo más amplio del Congreso por entender cómo Epstein eludió acciones legales más severas durante años y cuál fue la red de contactos y apoyos que lo rodeaban. Los Clinton acceden a declarar justo cuando cientos de documentos conocidos como los Epstein files han sido liberados y analizados por investigadores y medios. Desde Washington hasta redes sociales, ya se arman narrativas cruzadas: unos califican el proceso como una búsqueda legítima de claridad; otros lo pintan como un truco político para arrinconar figuras prominentes. No es solo una deposición legal: es política pura con cámaras, juramento y legado en juego.

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