
Lo del himno en el BSN no es un escándalo nacional. Es un espejo.
Una artista decidió interpretar la versión revolucionaria de La Borinqueña en un juego. Automáticamente, el país se dividió en dos bandos: los que se sintieron ofendidos como si se hubiera violado un símbolo sagrado, y los que defendieron el acto como una expresión legítima de identidad política.